La vergüenza
En casa de mis padres, los libros eran objetos venerados. Colocados ordenadamente en sus estanterías, cada sábado debía sacarlos uno a uno y quitarles el polvo. Quitar el polvo es la perfecta forma de iniciar a un individuo en el arte de la fisgonería. Fue así como, cansada de limpiar el polvo imaginario, me abstraía de la tarea y comenzaba a hojear las páginas de la enciclopedia, de los libros del Cómo, Cuándo, Por qué, los best sellers, los manuales de inglés. Y así, fisgona, encontré los libros de algo llamado "Escuela para padres". Qué extraño, yo creía que en ningún lado los padres podían aprender cómo serlo. Una excusa menos en el mundo. Fisgoneando entre esos libros, descubrí las respuestas a un test donde, en 20 preguntas, quedaba determinado si era yo una niña tímida. De las preguntas poco recuerdo, excepto alguna: "¿Se sonroja con facilidad?". En este momento no puedo precisar cuál era la respuesta marcada, pero poco importa, porque en cuanto la leí, un rubor recorrió mi cara. No necesito la evaluación, de sobra sé que mi capacidad para sentirme avergonzada es increíblemente elevada.Luchar contra la vergüenza me dispara hacia el extremo opuesto: el total descaro. En uno de esos abandoné la religión, en el último, pasé por encima de la santidad del vínculo matrimonial ajeno. Lo que me sorprende, a donde voy con esta reflexión, es que jamás he resentido estas dos decisiones. Pero hoy he vuelto a sentir un rubor que me invade por completo, una pena por la inutilidad de mis acciones, la inconstancia del otro, la tristeza por haber sido expulsada del lugar en donde me sentía cómoda, el terruño que llamaba felicidad. Mi insuficiencia ha reventado en un temblor cuando, de un modo indirecto, comienzo a descubrir que la vida de quien tanto amo sigue su curso, cómodamente, sin mi, y que lo que antes hubiera sido para mi una noticia de primea mano, una decisión de la cual yo hubiese podido, orgullosamente, adjudicarme cierta responsabilidad, ha sido tomada sin tomarme en cuenta, y peor aún, no se ha tomado la molestia de ponerme al tanto. En ese momento, el exilio se vuelve deveras doloroso, cuando soy consciente de que estoy fuera y no quiero estarlo. La pena por mi misma me embarga, me falta el aire, rebusco, no lo puedo creer. Minutos más tarde, reparo en que me he equivocado, su vida no ha cambiado desde aquella última actualización y me tranquilzo, respiro, acaricio sus última atención, haberme avisado de su viaje al otro lado del mundo semana y media antes de partir (como quien, inadmisiblemente, asculta la aprobación), y el rubor se va. Supongo que no hay mayor vergüenza que saberme definitivamente expulsada. Y tal vez, mi insistencia para hacerlo regresar y sentirme una vez más el centro de nuestro microuniverso, no sea amor verdadero, si no una forma de aplazar el sentimiento de vergüenza.

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