lunes, octubre 30, 2006

Una ciudad

Vivo en una ciudad hermosa... a veces pienso que es la más hermosa de la tierra, pero sólo porque estoy aquí, y porque levanto la vista y parece que los edificios tuviesen piel y respiraran, exhalando a la puesta del sol.

martes, octubre 17, 2006

La vergüenza

En casa de mis padres, los libros eran objetos venerados. Colocados ordenadamente en sus estanterías, cada sábado debía sacarlos uno a uno y quitarles el polvo. Quitar el polvo es la perfecta forma de iniciar a un individuo en el arte de la fisgonería. Fue así como, cansada de limpiar el polvo imaginario, me abstraía de la tarea y comenzaba a hojear las páginas de la enciclopedia, de los libros del Cómo, Cuándo, Por qué, los best sellers, los manuales de inglés. Y así, fisgona, encontré los libros de algo llamado "Escuela para padres". Qué extraño, yo creía que en ningún lado los padres podían aprender cómo serlo. Una excusa menos en el mundo. Fisgoneando entre esos libros, descubrí las respuestas a un test donde, en 20 preguntas, quedaba determinado si era yo una niña tímida. De las preguntas poco recuerdo, excepto alguna: "¿Se sonroja con facilidad?". En este momento no puedo precisar cuál era la respuesta marcada, pero poco importa, porque en cuanto la leí, un rubor recorrió mi cara. No necesito la evaluación, de sobra sé que mi capacidad para sentirme avergonzada es increíblemente elevada.

Luchar contra la vergüenza me dispara hacia el extremo opuesto: el total descaro. En uno de esos abandoné la religión, en el último, pasé por encima de la santidad del vínculo matrimonial ajeno. Lo que me sorprende, a donde voy con esta reflexión, es que jamás he resentido estas dos decisiones. Pero hoy he vuelto a sentir un rubor que me invade por completo, una pena por la inutilidad de mis acciones, la inconstancia del otro, la tristeza por haber sido expulsada del lugar en donde me sentía cómoda, el terruño que llamaba felicidad. Mi insuficiencia ha reventado en un temblor cuando, de un modo indirecto, comienzo a descubrir que la vida de quien tanto amo sigue su curso, cómodamente, sin mi, y que lo que antes hubiera sido para mi una noticia de primea mano, una decisión de la cual yo hubiese podido, orgullosamente, adjudicarme cierta responsabilidad, ha sido tomada sin tomarme en cuenta, y peor aún, no se ha tomado la molestia de ponerme al tanto. En ese momento, el exilio se vuelve deveras doloroso, cuando soy consciente de que estoy fuera y no quiero estarlo. La pena por mi misma me embarga, me falta el aire, rebusco, no lo puedo creer. Minutos más tarde, reparo en que me he equivocado, su vida no ha cambiado desde aquella última actualización y me tranquilzo, respiro, acaricio sus última atención, haberme avisado de su viaje al otro lado del mundo semana y media antes de partir (como quien, inadmisiblemente, asculta la aprobación), y el rubor se va. Supongo que no hay mayor vergüenza que saberme definitivamente expulsada. Y tal vez, mi insistencia para hacerlo regresar y sentirme una vez más el centro de nuestro microuniverso, no sea amor verdadero, si no una forma de aplazar el sentimiento de vergüenza.

domingo, octubre 15, 2006

Salir para poder entrar

De la misma forma en que puedo precisar a quien pregunta cuánto tiempo llevo fuera del país que me extendió el pasaporte, incluso con detalle de días e incluso sus fracciones, de la misma forma me gustaría precisar cuánto tiempo llevo "fuera". La memoria no me alcanza para encontrar el momento preciso en que decidí que existía una frontera, y que por el bien de aquello que consideraba genuino en mi, debía exiliarme de muchas cosas para crear una nueva fe.

Este es mi credo: crear de la forma más libre posible. Pero entonces ¿qué hace de la creación algo diferente a mis labores cotidianas, donde comprendo que mi lugar está solamente en una línea de ensamblaje?

Recuerdo haber escrito. Escribí un cuento cuando todavía confundía el 5 con el 3. La verdad es que, hasta hace pocos años, todavía poseía dificultades al momento de escribir esos números. Ni hablar del problema al escribir la "q" y la "h"... pero la máquina de escribir, y posteriormente la computadora, vinieron a resolver los posibles problemas que la incipiente dislexia me hubiese traido. Pero no hablaba de esa escritura, de quien piensa que escribe un cuento cuando lo copia en su cuaderno, con la mejor caligrafía posible y las mayúsculas en rojo. No, hablo de ese acto que no me atrevo a cometer, el de colocar en un pedestal a las "Bellas Artes" y dejar de fuera todo aquello que remueve en el charco de mis ojos, mis ideas de la belleza. Pero como ser fronterizo, la única forma que me permite entender el arte es la delimitación de aquello que no lo es. Desgraciadamente, esto me llevaría a devanearme los sesos en la búsqueda de un canon, o en la redacción de un manual. Tal vez, algún día, cuando todo sea más confuso. Por ahora creo, creo en las condiciones que me permiten crear aquello que no sé si es bello, pero al menos, me deja satisfecha, me permite conciliar el sueño al momento de colocar la cabeza sobre la almohada.

He aquí las reglas del juego. No hay nombres, no hay biografía, ni autorizada ni apócrifa. Lo que se deba saber, se sabrá.

Cuando era adolescente, escribía mucho, todos los días, con fervor. Un día, después de que mi madre leyera cada uno de sus cuadernos y aventurara sus opiniones morales, metí mis cuadernos en la mochila y saliendo de la escuela los tiré dentro de un contenedor alejado de mi casa. El amigo que me acompañaba se sintió consternado, incluso tentado a volver y rescatarlos. Pero no era mi voluntad. Siempre he querido escribir y taparme los oidos, cerrar los ojos, aventar la piedra y esconder la mano. Soy un ratón que se asusta ante a crítica. Por eso he decidido no publicar a ningún conocido la existencia de estos escritos. Quien quiera entrar, poddrá hacerlo, pero no hay invitaciones. Dejaremos que el azar haga su parte. Finalmente, como en aquellos años, escribir es una necesidad que, desde mi punto de vista, no debería estar condicionada ni por las publicaciones, las editoriales, las revistas, los concursos, los encargos... todo está tan acotado, que por una vez quisiera que algo de mi permaneciera libre. Y no lo sé, tal vez, algún día, refugiada en al oscuridad, me atreva a dar la cara, y como un pequeño brillo de sol, vean la luz aquellas epístolas que no encuentran su lugar en este mundo.